decime que tenés un ibuprofeno por favor. acabo de leer los chats de gmail y no puedo creer lo grasa que éramos ¿en qué momento me emborraché asÃ? pero bailamos toda la noche, volvimos de dÃa. la comunión no podrÃa haber salido mejor.te dije que se habÃa abierto un portal cuando nos abrazamos, te lo volvà a decir una vez más. tengo miedo, pero me gusta. alguien habla de animales exóticos y yo pienso en excéntricos, como vos. el deseo no sirve de nada, lo que valen son los hechos. hagámoslo todo, pero juntos
nunca aprendà a armar bien un porro,
porque me gusta más
fumarlo, es más cómodo
hay cosas que no
aprendo, porque prefiero que las hagan por mi
por favor no me pongas a prueba
porque me olvido de todo al toque
me pone nerviosa que me mires asÃ
jurame que te vas a olvidar el tÃtulo de cada pelÃcula que
miremos juntos
y que nunca te vas a acordar del nombre de los actores
que la luz de la pantalla del celular no ilumine nuestras
caras
en una cena romántica
que el olor a jazmÃn sea nuestro perfume
y nunca pero nunca
hagamos ruido al besarnos en público
pacto de amor
listo, tengo sida de gatos, lo siento
también tengo muchos pelos de gato en la garganta
tantos, que no puedo respirar,
se me va a hacer una bola
y después, en una especie de arcada, los voy a largar
aunque creo que eso les pasa solo a ellos
sigo sin poder respirar bien,
acostada en mi cama, con la luz apagada
siento el sida en todo el cuerpo, pero especialmente en las
manos
pero del lado de afuera,
recubriéndolas
como si cada dedo fuese una estrellita, de esas que prenden
los nenes en navidad,
pero en vez de chispas, irradian el virus
mientras tanto escucho de fondo una canción, creo que es
música francesa
no logro descifrarla bien, porque se escucha lejos
y pienso que
al final de cuentas
si hoy muero,
será con buena música
quiero que sepas que ya nada me importa
quiero contarte todos mis secretos
quiero que sepas, que lo dejarÃa todo
por el flan de cuarenta y ocho huevos de tu abuela
que lo dejarÃa todo
por mil horas de Internet,
dejo el veganismo de lado por tu abuela,
pero también lo dejo, por nuestro tiempo en la red
Acabo de limpiar las fotos de mi facebook
para que cuando me stalkees, veas lo mejor que tengo
No quisiera que veas cuando me hice la permanente y otras en las que no salà tan bien, donde tengo cara de tonta, quiero que me veas genial, genial como cuando te veo y siento en mi mente la música de carpenters que me eleva al infinito y me hace pensar cosas tan estúpidas como la letra de close to you.
Quiero que sepas que soy fanática de carpenters, y de vos
En sólo dos dÃas me hice adicta a las flores de bach, son lo
mejor que me pasó en estos últimos dos dÃas.
Si me siento mal, las tomo y me
siento mejor, pero eso no es todo, si me siento mal y pienso que las voy a
tomar, también me siento mejor.
En estos dos dÃas he fantaseado con tomarme el frasco entero
de flores de bach, pero no tendrÃa para tomar más tarde y eso me matarÃa.
Me acuerdo cuando algunos compañeros de mi grado mordÃan
tanto la lapicera que el extremo del tubito quedaba impreso de mini dientitos y
baba, mucha baba. HabÃa otros que se comÃan las uñas tanto que se les veÃa la
carnecita roja, pero los que más me llamaban la atención eran los tÃmidos,
entre ellos estaba Marcela, que se hizo caca en el pupitre de madera, por miedo
o vergüenza a decir que se sentÃa descompuesta.
Nosotros vivimos extasiados el momento, no podÃamos creer
ser parte de semejante espectáculo, ahora que lo veo a la distancia, quiero
correr a darle un abrazo y rogarle que nos perdone.
Creo que la parte más dura se la llevaron los porteros que
tuvieron que limpiar la descompostura de Marcela.
Ella nunca hablaba, el menor balbuceo le provocaba un color
rojo fuerte en la cara, y eso era todo lo que era capaz de emitir.
Una sola vez gritó, fue en sexto grado, y todos se callaron
ante la sorpresa de saber que Marcela hablaba.
Quiero ir corriendo a mi casa para abrir el placard y sacar
el listado de materias que tengo clavado con una chinche en la puerta. De a
poco empieza a teñirse de fluor, cada vez son menos las palabras que quedan sin
pintar. Pero falta mucho para llegar a casa, pienso mientras descanso la cabeza contra mi mano
izquierda y miro a mi compañera pelirroja vestida de rojo y afirmo que me
gustan las pelirrojas que se visten de rojo, pero no las rubias que se visten
de amarillo.
Mi profesora también es medio colorada, una cantidad
importante de pecas en su cara, delatan un pasado pelirrojo. Ahora que levanto
la mirada, veo que hay otro colorado acá, a mi derecha, casi pegado a mi, dios
está lleno de pelirrojos, me sorprendo y me alegro, realmente pensé en algún momento
que estaban en extinción.
Las últimas vacaciones, mientras caminábamos por un sendero
incomprensible buscando la supuesta Cabeza del Indio, nos encontramos con un
pelirrojo de pelo largo vestido completamente de joggins, pantalón y campera
pero sin remera. Cuarto cierre prendido que dejaba ver su blanco pecho pecoso.
Era callado y nervioso, se acomodaba los pantalones con un
movimiento hacia arriba, cada vez que subÃa un nivel, refunfuñaba por no
encontrar el camino. A pesar del gran calor que hacÃa nunca se sacó la campera
de jogging 100 % algodón.
Subo al micro y me contento viendo ese lugar vacÃo, esperándome
bajo un hermoso rayo de sol de otoño. Me desplomo en un movimiento lento,
mientras me saco la mochila.
Disfruto del viaje por paradas, todo empieza a ponerse tenso
cuando veo que el micro desciende la velocidad y para en una esquina, ruego a
dios que no suban viejos, bebés, niños, minusválidos y mucho menos embarazadas,
embarazas no por favor, repito en una especie de mantra.
Que suba alguna de estas personas implicarÃa que tenga que
pararme, soy muy culposa y no hacerlo, me generarÃa un malestar tremendo, pero
hacerlo me sacarÃa de este confortable lugar que me he ganado.
Mientras espero que no suba nadie que merezca mi lugar más
que yo, pienso si esto me hace una mala persona, una persona egoÃsta, que no
quiere salir de su lugar de confort para ayudar a otros.
Entonces te cuento el dilema que me genera que el micro pare
en cada parada, pero a vos parece resultarte muy gracioso lo que te digo, te
reÃs con fuerza, entonces pienso que no es tan malo, que no soy tan mala, en
verdad me siento genial.
Entonces me relajo y sigo mirando el hermoso paisaje que me
regala esta tarde de otoño en la capital, sentada en el lugar que me ha tocado
en suerte hoy.
me encanta tu cuerpo tapado al sol con esa malla enteriza
venÃs y me hablás de ese libro que estás leyendo
pero a mi no me importa, admiro tus movimientos de dama
antigua
moves el pelo de un lado hacia el otro y ya no puedo pensar
en otra cosa
sólo en mi cuerpo tan pálido quemándose de a poco a tu lado
estaba todo bien hasta que se me ocurrió ver las fotos de tu
ex novia en facebook
me desesperé al instante
tengo todo para ser una solterona, al menos eso es lo que él
me dijo antes de irse de casa
“hasta el gato tenés”
ya no quiero depender de nadie, aunque la única condición de
estar solo sea la soledad
quiero enamorarte para no perderte nunca mas
A eso de
los quince años se rebautizó como Ann Indigente, una exuberante adolescente con
el pelo quemado y un tatuaje en el pecho. Una rosa mal dibujada de color gris verdoso
que se asomaba en su escote, era la caracterÃstica imagen que todos recordaban
al hablar de ella. Probó todo lo que podÃa probar. Su mejor amigo, Esteban, un
académico de la facultad de Buenos Aires, la habÃa rescatado de la calle, pero
no de la merca. Juntos pasaban noches enteras sin dormir, mirando tele y esperando
al Chino, el dealer boliviano que les llevaba su pedido a domicilio sin
importar la hora.
Sus
conversaciones siempre eran en torno a lo que consumirÃan más tarde, a los
flashes que se habÃan comido con el Chino, que ahora fumaba paco y llegaba re
loco al departamento y hacÃa cualquiera. También fantaseaban con vender ellos
mismos la droga, ser el chino o trabajar con él. Asà se pasaban los dÃas, las
horas. HabÃa momentos buenos en los que
salÃan a pasear, pero habÃa otros en los que encerrados en la penumbra del
departamento de calle Gorriti, no hacÃan más que fumar y tomar.
El
departamento era amarillo, pero no por el color de las paredes, sino por la
fina pelÃcula de mugre y humo que recubrÃa todo el espacio. Dos colchones
apilados en el piso sin sábanas, restos de comida y cucarachas circulando.
Miles de imágenes mal dibujadas se exponÃan en las paredes, un racconto de
figuras, contaban de algún modo la vida que ellos vivÃan. Deformados, tristes,
incomprendidos, se encerraban tras las tres cerraduras de la puerta, y
perseguidos por un posible llamado a la policÃa se refugiaban el uno en el
otro.
Esteban era
gay, no era necesario pasar mucho tiempo con él para darse cuenta. En un
momento se puso de novio con Juan, un norteño recién llegado a Buenos Aires,
que soñaba con ser chef. Un pantalón con bolsillos a los costados, un atado de
cigarrillos y el saludo de su tÃa desde la plataforma de la Terminal, habÃan
sido lo poco que trajo consigo. Se conocieron en una fiesta y no tardaron en
terminar garchando en Gorriti, frente a los ojos observadores de Ann, que aún
no se definÃa, pero no era algo que ella pensara demasiado, hacÃa algún tiempo
se habÃa entregado al sabor de la cocaÃna y la contracción en los dientes, no habÃa
mucho más que la motivara. En definitiva ella no podÃa quejarse, habÃa dormido
infinidad de veces en la calle y la seguridad de un techo, compañÃa y “cocó”,
como a ellos les gustaba llamarla, la mantenÃa tranquila.
De vez en
cuando los padres de Esteban, evangelistas, oriundos de Rauch, insistÃan en
visitarlo, por lo que un orden rápido de la casa era suficiente para montar una
escena medianamente creÃble. Luego volvÃan a la normal cotidianeidad de
levantarse a las tres de la tarde, comer algo, prender la tele, juntar plata y
llamar al Chino.
No se
juntaban con mucha gente, a veces caÃa Germán con Julia, pero sólo cuando se
ponÃan de acuerdo, porque después de una secuencia que vivieron en la casa de
él con una amiga de Julia, la cosa se puso tensa y dejaron de verse tanto y de
pasar por lo de Esteban, que era lo que hacÃan cuando estaban juntos.
Se podÃa
decir que todo estaba bien, Esteban estaba becado por la facultad y recibÃa un
buen sueldo, daba clases de filosofÃa algunos dÃas a la semana, que le
proporcionaban lo necesario para tirar todo el mes y hacerle el aguante a los
amigos.
Él siempre
fue gay, al menos eso era lo que decÃa, “yo siempre fui gay mi amor, desde que
estaba en la panza”. Por eso la mayor cantidad de relaciones que tuvo fueron
con chicos, en su pueblo para disimular tuvo que sacrificarse y estar con
alguna que otra concha, pero no más que eso. Cuando llegó a Buenos Aires las
fiestas descontroladas y la tranquilidad de no sentirse observado, lo llevaron
a estar con gran cantidad de personas. “Cuando uno es gay es probable que tenga
Sida, entonces primero se le avisa al otro, por ejemplo, si te acaban en la
boca pero vos escupÃs al toque, no te contagÃas. Nosotros sabemos cómo
cuidarnos, pero este hijo de puta nunca me dijo que era un sidoso de mierda”,
contaba indignado cada vez que podÃa a sus amigos.
Esteban
tenÃa Sida, Ann y Juan también. TrÃos y drogas compartidas habÃan hecho de su
sangre, la misma sangre, la misma enfermedad. Juan solÃa pensar en Ann, que
sólo tenÃa diecisiete años. Por lo que tenÃa que ver con ellos no se preocupaba
mucho, porque en algún punto sabÃan a qué se exponÃan, pero Ann…Ella era una
pendeja, con una enfermedad de mierda y con una adicción incontrolable, no
habÃa hecho nada, no terminó la escuela, no conoció ningún otro lugar fuera de
Capital Federal, no se enamoró, pero lo que era peor es que no creció. Ella no
tuvo la oportunidad ni siquiera de elegir.
Ann se
murió, también Esteban y Juan, sólo queda el recuerdo del negro fuego que quemó
el departamento de la calle Gorriti, una noche de locura con el Chino, cuando
duros, sin poder moverse, Juan encendió el primer cigarrillo de su tercer
paquete y luego de unas profundas pitadas se lo olvidó arriba de los dos
colchones que usaban como cama y sillón.
Odio profundamente a Julio Cortázar, no porque no me guste
su obra, sino simplemente porque no la entiendo. Porque no entiendo nada sobre
estructuras radiales que pretenden encontrar el centro empezando por los
contornos, porque apenas puedo definir lo que es un cronopio, porque nunca
estudié la geometrÃa esotérica, aunque me hubiese encantado hacer alarde de
ello, en las reuniones sociales.
Pero hablando de odio, creo que odio más a Luisa Valenzuela,
esa hermosa mujer de tez blanca, con unos rulos que dudo si son naturales o no,
pelo infinitamente negro y una sabidurÃa increÃble.
Ella fue amiga de Cortázar,
la conocà el sábado pasado y de tanto amarla la odié. Vivió diez años en Niu
Iork como ella lo pronuncia y sabe hablar a la perfección el francés.
Los detesto por perfectos, pero sobre todo porque tengo
mucho miedo de jugar a la rayuela y
misteriosamente llegar al infierno.
me engaño a mi misma todo el tiempo, me convenzo
de cosas que no van a pasar, le dejo mi destino a la china
del futuro
que se encargará de todo ni bien pueda
por qué hago esto….si se que la china del futuro soy yo,
ahora,
y ahà viene la pregunta ¿qué estoy haciendo con mi vida?
dos mil catorce, repito, dos mil catorce, catorce, mi número
favorito
cuando era chica me preguntaba siempre que serÃa de mi en
los dos mil,
no sólo que ya llegaron, sino que pasaron catorce años más,
y acá estoy,
dejándole todo a la chica del futuro, a mi misma, ahora,
viendo pasar la vida por delante
me confunde mucho tu ex compañero de letras devenido en
cartonero
me confunde porque pienso que está mejor que yo
lo veo cada mediodÃa en la plaza principal tomando mate,
descansando de la tarea que eligió como profesión, juntar
cartones y mas cartones
el otro dÃa lo vi tomando aire en un balcón, vestido con una
camisa a cuadros,
recién bañado
él, tu ex compañero, me hizo pensar que yo era la devenida en
algo y él,
el genio de la vida
entera












