Juntos o nada
3:21 p.m.
A eso de
los quince años se rebautizó como Ann Indigente, una exuberante adolescente con
el pelo quemado y un tatuaje en el pecho. Una rosa mal dibujada de color gris verdoso
que se asomaba en su escote, era la característica imagen que todos recordaban
al hablar de ella. Probó todo lo que podía probar. Su mejor amigo, Esteban, un
académico de la facultad de Buenos Aires, la había rescatado de la calle, pero
no de la merca. Juntos pasaban noches enteras sin dormir, mirando tele y esperando
al Chino, el dealer boliviano que les llevaba su pedido a domicilio sin
importar la hora.
Sus
conversaciones siempre eran en torno a lo que consumirían más tarde, a los
flashes que se habían comido con el Chino, que ahora fumaba paco y llegaba re
loco al departamento y hacía cualquiera. También fantaseaban con vender ellos
mismos la droga, ser el chino o trabajar con él. Así se pasaban los días, las
horas. Había momentos buenos en los que
salían a pasear, pero había otros en los que encerrados en la penumbra del
departamento de calle Gorriti, no hacían más que fumar y tomar.
El
departamento era amarillo, pero no por el color de las paredes, sino por la
fina película de mugre y humo que recubría todo el espacio. Dos colchones
apilados en el piso sin sábanas, restos de comida y cucarachas circulando.
Miles de imágenes mal dibujadas se exponían en las paredes, un racconto de
figuras, contaban de algún modo la vida que ellos vivían. Deformados, tristes,
incomprendidos, se encerraban tras las tres cerraduras de la puerta, y
perseguidos por un posible llamado a la policía se refugiaban el uno en el
otro.
Esteban era
gay, no era necesario pasar mucho tiempo con él para darse cuenta. En un
momento se puso de novio con Juan, un norteño recién llegado a Buenos Aires,
que soñaba con ser chef. Un pantalón con bolsillos a los costados, un atado de
cigarrillos y el saludo de su tía desde la plataforma de la Terminal, habían
sido lo poco que trajo consigo. Se conocieron en una fiesta y no tardaron en
terminar garchando en Gorriti, frente a los ojos observadores de Ann, que aún
no se definía, pero no era algo que ella pensara demasiado, hacía algún tiempo
se había entregado al sabor de la cocaína y la contracción en los dientes, no había
mucho más que la motivara. En definitiva ella no podía quejarse, había dormido
infinidad de veces en la calle y la seguridad de un techo, compañía y “cocó”,
como a ellos les gustaba llamarla, la mantenía tranquila.
De vez en
cuando los padres de Esteban, evangelistas, oriundos de Rauch, insistían en
visitarlo, por lo que un orden rápido de la casa era suficiente para montar una
escena medianamente creíble. Luego volvían a la normal cotidianeidad de
levantarse a las tres de la tarde, comer algo, prender la tele, juntar plata y
llamar al Chino.
No se
juntaban con mucha gente, a veces caía Germán con Julia, pero sólo cuando se
ponían de acuerdo, porque después de una secuencia que vivieron en la casa de
él con una amiga de Julia, la cosa se puso tensa y dejaron de verse tanto y de
pasar por lo de Esteban, que era lo que hacían cuando estaban juntos.
Se podía
decir que todo estaba bien, Esteban estaba becado por la facultad y recibía un
buen sueldo, daba clases de filosofía algunos días a la semana, que le
proporcionaban lo necesario para tirar todo el mes y hacerle el aguante a los
amigos.
Él siempre
fue gay, al menos eso era lo que decía, “yo siempre fui gay mi amor, desde que
estaba en la panza”. Por eso la mayor cantidad de relaciones que tuvo fueron
con chicos, en su pueblo para disimular tuvo que sacrificarse y estar con
alguna que otra concha, pero no más que eso. Cuando llegó a Buenos Aires las
fiestas descontroladas y la tranquilidad de no sentirse observado, lo llevaron
a estar con gran cantidad de personas. “Cuando uno es gay es probable que tenga
Sida, entonces primero se le avisa al otro, por ejemplo, si te acaban en la
boca pero vos escupís al toque, no te contagías. Nosotros sabemos cómo
cuidarnos, pero este hijo de puta nunca me dijo que era un sidoso de mierda”,
contaba indignado cada vez que podía a sus amigos.
Esteban
tenía Sida, Ann y Juan también. Tríos y drogas compartidas habían hecho de su
sangre, la misma sangre, la misma enfermedad. Juan solía pensar en Ann, que
sólo tenía diecisiete años. Por lo que tenía que ver con ellos no se preocupaba
mucho, porque en algún punto sabían a qué se exponían, pero Ann…Ella era una
pendeja, con una enfermedad de mierda y con una adicción incontrolable, no
había hecho nada, no terminó la escuela, no conoció ningún otro lugar fuera de
Capital Federal, no se enamoró, pero lo que era peor es que no creció. Ella no
tuvo la oportunidad ni siquiera de elegir.
Ann se
murió, también Esteban y Juan, sólo queda el recuerdo del negro fuego que quemó
el departamento de la calle Gorriti, una noche de locura con el Chino, cuando
duros, sin poder moverse, Juan encendió el primer cigarrillo de su tercer
paquete y luego de unas profundas pitadas se lo olvidó arriba de los dos
colchones que usaban como cama y sillón.
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