Juntos o nada

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 A eso de los quince años se rebautizó como Ann Indigente, una exuberante adolescente con el pelo quemado y un tatuaje en el pecho. Una rosa mal dibujada de color gris verdoso que se asomaba en su escote, era la característica imagen que todos recordaban al hablar de ella. Probó todo lo que podía probar. Su mejor amigo, Esteban, un académico de la facultad de Buenos Aires, la había rescatado de la calle, pero no de la merca. Juntos pasaban noches enteras sin dormir, mirando tele y esperando al Chino, el dealer boliviano que les llevaba su pedido a domicilio sin importar la hora.

Sus conversaciones siempre eran en torno a lo que consumirían más tarde, a los flashes que se habían comido con el Chino, que ahora fumaba paco y llegaba re loco al departamento y hacía cualquiera. También fantaseaban con vender ellos mismos la droga, ser el chino o trabajar con él. Así se pasaban los días, las horas. Había momentos  buenos en los que salían a pasear, pero había otros en los que encerrados en la penumbra del departamento de calle Gorriti, no hacían más que fumar y tomar.

El departamento era amarillo, pero no por el color de las paredes, sino por la fina película de mugre y humo que recubría todo el espacio. Dos colchones apilados en el piso sin sábanas, restos de comida y cucarachas circulando. Miles de imágenes mal dibujadas se exponían en las paredes, un racconto de figuras, contaban de algún modo la vida que ellos vivían. Deformados, tristes, incomprendidos, se encerraban tras las tres cerraduras de la puerta, y perseguidos por un posible llamado a la policía se refugiaban el uno en el otro.

Esteban era gay, no era necesario pasar mucho tiempo con él para darse cuenta. En un momento se puso de novio con Juan, un norteño recién llegado a Buenos Aires, que soñaba con ser chef. Un pantalón con bolsillos a los costados, un atado de cigarrillos y el saludo de su tía desde la plataforma de la Terminal, habían sido lo poco que trajo consigo. Se conocieron en una fiesta y no tardaron en terminar garchando en Gorriti, frente a los ojos observadores de Ann, que aún no se definía, pero no era algo que ella pensara demasiado, hacía algún tiempo se había entregado al sabor de la cocaína y la contracción en los dientes, no había mucho más que la motivara. En definitiva ella no podía quejarse, había dormido infinidad de veces en la calle y la seguridad de un techo, compañía y “cocó”, como a ellos les gustaba llamarla, la mantenía tranquila.

De vez en cuando los padres de Esteban, evangelistas, oriundos de Rauch, insistían en visitarlo, por lo que un orden rápido de la casa era suficiente para montar una escena medianamente creíble. Luego volvían a la normal cotidianeidad de levantarse a las tres de la tarde, comer algo, prender la tele, juntar plata y llamar al Chino.

No se juntaban con mucha gente, a veces caía Germán con Julia, pero sólo cuando se ponían de acuerdo, porque después de una secuencia que vivieron en la casa de él con una amiga de Julia, la cosa se puso tensa y dejaron de verse tanto y de pasar por lo de Esteban, que era lo que hacían cuando estaban juntos.

Se podía decir que todo estaba bien, Esteban estaba becado por la facultad y recibía un buen sueldo, daba clases de filosofía algunos días a la semana, que le proporcionaban lo necesario para tirar todo el mes y hacerle el aguante a los amigos.

Él siempre fue gay, al menos eso era lo que decía, “yo siempre fui gay mi amor, desde que estaba en la panza”. Por eso la mayor cantidad de relaciones que tuvo fueron con chicos, en su pueblo para disimular tuvo que sacrificarse y estar con alguna que otra concha, pero no más que eso. Cuando llegó a Buenos Aires las fiestas descontroladas y la tranquilidad de no sentirse observado, lo llevaron a estar con gran cantidad de personas. “Cuando uno es gay es probable que tenga Sida, entonces primero se le avisa al otro, por ejemplo, si te acaban en la boca pero vos escupís al toque, no te contagías. Nosotros sabemos cómo cuidarnos, pero este hijo de puta nunca me dijo que era un sidoso de mierda”, contaba indignado cada vez que podía a sus amigos.

Esteban tenía Sida, Ann y Juan también. Tríos y drogas compartidas habían hecho de su sangre, la misma sangre, la misma enfermedad. Juan solía pensar en Ann, que sólo tenía diecisiete años. Por lo que tenía que ver con ellos no se preocupaba mucho, porque en algún punto sabían a qué se exponían, pero Ann…Ella era una pendeja, con una enfermedad de mierda y con una adicción incontrolable, no había hecho nada, no terminó la escuela, no conoció ningún otro lugar fuera de Capital Federal, no se enamoró, pero lo que era peor es que no creció. Ella no tuvo la oportunidad ni siquiera de elegir.

Ann se murió, también Esteban y Juan, sólo queda el recuerdo del negro fuego que quemó el departamento de la calle Gorriti, una noche de locura con el Chino, cuando duros, sin poder moverse, Juan encendió el primer cigarrillo de su tercer paquete y luego de unas profundas pitadas se lo olvidó arriba de los dos colchones que usaban como cama y sillón.






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