Me obsesiono todo el tiempo con todo. Manchas de naranja que pienso que jamás saldrán, cosas que me quiero comprar, kilos demás, si algo me queda bien o mal, viajes, nuevas carreras, nuevos amores. No paro, quiero que me digas algo, lo que sea, que asientas mientras pienso que esa mancha jamás saldrá de mi remera favorita, y sin embargo sigo tirada en el sillón, sin hacer nada para que eso cambie. EfÃmeras ideas que repito constantemente durante pocos minutos.
Con un viento descomunal,llegamos a la ciudad desconocida: Quequén.
Lugar de surfistas, grandes olas y gente bien.
CreÃmos que era una buena idea, pero nos aterramos pensando que que el aire libre y la naturaleza que nos inspiró a salir de la ciudad, nos matarÃa,matarÃa de verdad.
Nada de eso pasó, los cuerpos pálidos tomaron color, nos adaptamos al viento y lo disfrutamos. Ahora no nos queremos ir antes de aprender a surfear.
Vomitar en medio de la noche
me ayudó a seguir tomando,
y a no tener resaca el primero de enero.
Por eso me desperté temprano
y corrimos a la terminal.
Un taxista joven y buena onda
pasó los semáforos en rojo,
mientras nos contaba que no habÃa dormido nada
y que tendrÃa que trabajar hasta las 04 am del dÃa siguiente.
Estábamos sin tiempo y sin pasajes.
Al despedirnos el joven taxista nos predijo:
"este año sà que tendrá acción".

Estoy hablando con mi mamá, la llamé yo, porque la verdad es que me da culpa no hablarle nunca. Ella es realmente buena conmigo, entonces digo: “bueno la voy a llamar” y en el momento en que me atiende, me es inevitable pensar, ¡para qué la llamé! Sus charlas son interminables, me cuenta todo, cuando digo todo, es realmente TODO.
Los lujos de detalles son sus fuertes, primero da un panorama general del tema, una aproximación de lo que me va a contar. Toma un respiro y empieza, pasa por cada una de las situaciones que la llevó a contarme eso, o lo que es peor, desgrana cada situación que ocurrió para que pase lo que me está contando. Entre medio se cuelga detallando o tratando de acordarse algún detalle mÃnimo que no recuerda. Como una araña que trepa sobre su tela tratando de llegar a algún lugar, ella teje su conversación sola, hilando cada uno de los recuerdos como una historia gigante. Ella es la relatora y la protagonista de su propia historia, esa que sólo ella conoce, porque ella la inventó.
A veces pienso que es su manera de sobrevivir, algunos buscamos cosas nuevas, me imagino que ella busca no olvidarse de nada, ni del más insignificante detalle. Eso la matarÃa, sobrevive gracias al recuerdo, el mismo que la mata cada dÃa un poco más. El mismo que no la deja olvidar, cargar la mochila del pasado, los problemas ajenos y no olvidarse nunca pero nunca de nada, hacen que viva asÃ, expectante, atenta, tensa, buscando cada momento para contarte aquello que la saca de la realidad. Descripciones absurdas y largas que la entretienen del infierno de su mente.Nos conocimos en Abril cuando fui a preguntar por la ciudadanÃa, mis abuelos eran italianos y los planes próximos de un viaje a Europa me animaron a la doble nacionalidad. Nunca lo habÃa pensado antes, aunque siempre me pareció un dato de color decir en mis conversaciones mis descendencias. De chica también me encantaba decir que mi mamá era de Pringles, como si quedara en otro paÃs. “Si, mi mamá nació en Pringles” les decÃa orgullosa a mis compañeros de la primaria que me miraban embobados por lo que les contaba. Fue en ese entonces cuando aprendà el poder de la palabra. PodÃa convencer, discutir y manipular a mis compañeros del 3º “B”.
Bueno la cuestión es que averigüé en qué consistÃa eso de la ciudadanÃa, y una mañana fui a ver qué onda. Cuando llegué ahà estaba ella.
Sara es bajita, con unas caderas realmente prominentes. Siempre está arreglada, usa tacos, se maquilla y su peinado es de peluquerÃa. Un color rojizo brilloso cubre su corte carré perfectamente peinado, raya al medio y flequillo.
Cuando nos vimos por primera vez nos agradamos al instante, siempre me gustaron las señoras como un objeto hermoso de la cotidianeidad, sobre todo las señoras coquetas como Sara, que siempre salen arregladas, huelen bien y te generan esa cosa de bienestar entre maternidad y envidia, siempre está mejor arreglada que vos.
El otro dÃa fui al supermercado y me la crucé en la entrada, ella salÃa y yo esperaba a Javier en la puerta, sosteniéndome en la baranda para no caerme de la bicicleta. Ella empujaba un carrito repleto de productos de primera calidad, subida a unos tacos marrones. Una pollera tubo y una camisola primaveral la mostraban fresca y alegre.
A veces me pregunto por qué mi recuerdo la conserva, y pienso Sa Ra, ese doble suspiro que mi cuerpo hace para pronunciar su nombre. O ese pelo arreglado que me cuenta que jamás seré asÃ, o la libertad que me genera no estar en su pollera, siendo ella y cumpliendo las expectativas de una señora de su edad.