Subo al micro y me contento viendo ese lugar vacÃo, esperándome
bajo un hermoso rayo de sol de otoño. Me desplomo en un movimiento lento,
mientras me saco la mochila.
Disfruto del viaje por paradas, todo empieza a ponerse tenso
cuando veo que el micro desciende la velocidad y para en una esquina, ruego a
dios que no suban viejos, bebés, niños, minusválidos y mucho menos embarazadas,
embarazas no por favor, repito en una especie de mantra.
Que suba alguna de estas personas implicarÃa que tenga que
pararme, soy muy culposa y no hacerlo, me generarÃa un malestar tremendo, pero
hacerlo me sacarÃa de este confortable lugar que me he ganado.
Mientras espero que no suba nadie que merezca mi lugar más
que yo, pienso si esto me hace una mala persona, una persona egoÃsta, que no
quiere salir de su lugar de confort para ayudar a otros.
Entonces te cuento el dilema que me genera que el micro pare
en cada parada, pero a vos parece resultarte muy gracioso lo que te digo, te
reÃs con fuerza, entonces pienso que no es tan malo, que no soy tan mala, en
verdad me siento genial.
Entonces me relajo y sigo mirando el hermoso paisaje que me
regala esta tarde de otoño en la capital, sentada en el lugar que me ha tocado
en suerte hoy.

